El teatro, la crisis y la lucha de clases
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José A. Laguarta Ramírez
MST Nueva York
Todo el mundo es un escenario.
-Shakespeare
Cuando la verdad sea demasiado débil para defenderse,
tendrá que pasar al ataque.
-Brecht
El año pasado, una huelga de camioneros paralizó al país por varios días, levantando el telón sobre el conflicto irreconciliable entre las clases sociales que muchos en Puerto Rico quisieran mantener tapado. Por supuesto, la lucha de clases nunca ha desaparecido del escenario por completo, pero en Puerto Rico, como en otras partes del mundo, una serie de condiciones políticas (que no son externas a la lucha) han servido para mantener su presencia oculta. Incluso el más intenso y trascendental conflicto obrero-patronal en el país de los últimos veinticinco años, la Huelga del Pueblo de 1998, en ocasiones se disfrazó—por tratarse de una empresa pública generadora de ingreso—de ser una lucha por preservar el “patrimonio nacional” y no sólo de los trabajadores.
La huelga de los camioneros, sin embargo, nuevamente iluminó varios aspectos centrales del antagonismo interminable entre quienes producen y quienes poseen. Primero que nada, al obstruir el flujo de la gasolina desde los muelles hasta los puestos de distribución, amenazando así paralizar por completo la actividad económica del país, dejó demostrado el poder que tienen los trabajadores, y que es su fuente única de poder real, por el hecho de ser quienes mantienen en movimiento los procesos de producción. Quizás los camioneros no “ganaron”, pero nos recordaron a todos que el estado y el mercado no son invulnerables ni tienen vida propia, por más que lo aparenten en el día a día. En segundo lugar, la reacción inmediata de los detallistas de gasolina—llamar a los programas de radio para “informar” sobre una escasez del preciado producto (cuando todavía quedaba abasto para varios días) creando así un pánico artificial entre los consumidores—demostró la disposición de los “dueños” de los medios de producción de hacer lo que cueste para defender no sólo sus propiedades, sino sus ganancias, aún poniendo en riesgo la seguridad pública. Por último, pero no por ello menos significativo, por su virulenta descarga anti-obrera, quedaron retratados no sólo los propietarios de los grandes medios de comunicación, sino también varias figuras del mundo “cultural” que en algún momento presumieron estar “del lado” de la igualdad y la justicia, como el humorista Silverio Pérez (El Nuevo Día, 26/7/2005).
Hoy Pérez reaparece como por casualidad en el contexto de la lucha de clases, como uno de los integrantes de la “Junta” creada para administrar el renovado Teatro de la Universidad de Puerto Rico, entre otros empresarios del mundo del espectáculo. La “controversia” generada por la reapertura del Teatro, luego de ocho años cerrado a causa de la corrupción y negligencia administrativa, es sólo el más reciente ejemplo de un conflicto que cada día que pasa se agudiza como resultado de una crisis económica cada vez más profunda y un modelo político colonial cada vez más inútil. El estudiantado militante, liderado por la Unión de Juventudes Socialistas, ha llevado a cabo una campaña consistente y sistemática, ante la opinión pública y en plena disposición de negociar, contra el intento solapado de la administración universitaria de ir privatizando gradualmente el Teatro (comenzando con la boletería, los servicios de limpieza y la seguridad). Los reclamos de los estudiantes (aprobados por unanimidad en asamblea) en todo momento han sido claros y relativamente modestos: que se abran vistas públicas sobre el Teatro y se saquen de la Junta los cuatro empresarios, ya que si el desinterés de estos es genuino, pueden demostrarlo creando un fideicomiso de “Amigos del Teatro” ( http://pr.indymedia.org/news/2006/09/18236.php). Ninguno de estos reclamos ha sido contestado por la administración, a pesar del extenso debate público.
Pero el movimiento estudiantil ha aprendido del movimiento obrero y de su propia historia que el poder social, sobre todo de los menos aventajados, se deriva de su capacidad de interrumpir el funcionamiento “normal” de los procesos sociales (ver Fox-Piven and Cloward 1979). Entendiendo la lección, el pasado sábado organizaron exitosamente un acto de desobediencia civil, impidiendo la entrada al Teatro de los invitados a una gala para ricos (durante el verdadero acto de apertura, abierto a la comunidad universitaria, se celebró un piquete pero no se obstruyó el paso). La reacción de la lumpen-burguesía y sus sicarios ha sido contundente: el Superintendente de la Policía, aparentemente ansioso por ver la sangre correr como la vio en el ‘98, pide a gritos que lo dejen entrar al recinto a meterle mano a los “revoltosos”, mientras el Gobernador y el Presidente de la UPR han declarado su disposición de llamarlo en cuanto sea “necesario”. Por su parte, la misma Cámara de Representantes que hace escasos meses rindió pleitesía al terrorista Julio Labatut inmediatamente aprobó una resolución, con la digna excepción del único representante pipiolo, condenando a los estudiantes por los “actos de violencia” ahí sucedidos (si tan sólo fueran tan eficientes al legislar…). Irónicamente, como revelaran las cámaras de televisión, los únicos “actos de violencia” de la noche ocurrieron cuando algunos de los invitados (como cierto ex-rector a quien en sus días llamaban “Piraña” y su señora), llenos de ese sentido absoluto de merecérselo todo que sólo tienen los que siempre han comido bien, intentaron entrar a la fuerza, lógicamente llevándose uno que otro empujón.
La persecución y la represión, por supuesto, tampoco se han hecho esperar, con la amenaza de imponer “sanciones disciplinarias” a los estudiantes. Los voceros del sistema ya han anunciado a los cuatro vientos que se trata de los mismos cuatro gatos de siempre. Claro, no pueden faltar los reportes sesgados “informando” que la mayoría de los estudiantes se portan bien y no les gusta que se les asocie con “esos”. Con igual rapidez apareció un bobito del Consejo Nacional de Estudiantes, seguramente en el bolsillo o en el árbol genealógico de alguien, queriendo impugnar al Consejo General de Río Piedras, de la misma forma que los perros rabiosos de la derecha quieren impugnar al Presidente y a la Rectora por ser demasiado “blandos”. Pero la rabia desmedida chotea la desesperación. Por dentro se los come la certeza de cada vez hay más gente dispuesta a escuchar a los revoltosos. Ya para cuando el Gobernador dejó en la calle a 100,000 trabajadores para que le aprobaran el “sales tax” que prometió no imponer (y las encuestas revelaban que sobre el 70% del país apoyaba el impuesto a las ganancias de las mega-corporaciones en vez del “sales tax”), el editor del periódico Caribbean Business, órgano cuasi-oficial de la burguesía, se escandalizaba de que tantos trabajadores se acogieran a la consigna “¡Que la crisis la paguen los ricos!” De lo que se trata la confrontación del Teatro, a fin de cuentas, no es sólo de la privatización a escondidas, ni el que se le niegue participación real a los estudiantes, ni del posible uso de bienes y fondos públicos para el lucro privado, sino también, pero ante todo, de dos visiones encontradas del arte y el derecho del pueblo a su disfrute.
El acto de desobediencia civil en el Teatro fue un dedo en la llaga abierta de la elite criolla. No sólo fueron públicamente humillados por un chorro de chamaquitos malcriados que le aguaron una oportunidad de lucir sus trajes más finos, sino que fueron privados de los destellos más sagrados de su aura de superioridad—la “cultura”. Después de todo, para los ricos del patio, que por su condición de tristes administradores coloniales nunca se han destacado mucho que digamos en otras áreas de dominio social, la “cultura” siempre ha sido el último refugio. Durante la huelga de los camioneros, el oligarca mediático Antonio Luis Ferré observaba paternalistamente que, a fuerza de cupones y democracia, la clase obrera puertorriqueña se había “malacostumbrado” a la paz social (El Nuevo Día, 22/7/2005), noción de la que se han hecho eco, desde la huelga estudiantil del año pasado, todos los partidarios de soltar a las tropas de choque de la policía sobre los estudiantes. ¿No serán ellos, sin embargo, los que se han engreído por el largo intermedio en la lucha de clases que ha imperado en Puerto Rico durante las últimas cinco décadasí Si se ponen así por un teatro ¿qué no harán cuando el libreto cambie y se les cierre el paso a las fábricas y los cuarteles?
Referencias
Fox-Piven, Frances and Richard Cloward. 1979. Poor Peoples’ Movements: Why They Succeed, How They Fail. New York: Vintage Books.
El autor es estudiante de Ph.D. en Ciencias Políticas del CUNY Graduate Center y miembro del MST – Nueva York.
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