A finales del mes de enero, el gobierno de Estados Unidos (EE. UU.) escaló una política agresiva de presión económica contra el gobierno cubano. El gobierno de Donald Trump intensificó el bloqueo, aplicando sanciones e imponiendo aranceles a los gobiernos que comercien con Cuba. La nueva política imperialista busca no solo aislar comercialmente al régimen cubano, sino profundizar la crisis, creando desabastecimiento y problemas en los servicios mediante la escasez de petróleo.
Sin lugar a dudas, la ofensiva imperialista contra la isla representa un nuevo paso en la fase actual de la política de EE. UU. hacia América Latina. Luego de la agresión contra Venezuela y el secuestro de Maduro y Cilia, el gobierno de Trump enfiló sus cañones contra Cuba. Esto se suma a las tensiones sobre Groenlandia y a la escalada de tensiones contra Irán en el Medio Oriente.
Los estrategas de Trump, comandados por su secretario de Estado, Marco Rubio, le han declarado la guerra a todo país que identifiquen como un obstáculo para sus intereses geopolíticos. En el caso de Cuba, tanto Rubio como el lobby “gusano” radicado en Miami y otras figuras del Partido Republicano, como el congresista Carlos Giménez, han estado presionando para que se asuma una postura más agresiva y belicista contra Cuba.
En este caso, se está utilizando la escasez de petróleo como arma para asfixiar al régimen castrista y forzar una salida que profundice la restauración capitalista. En Cuba se depende del petróleo para que funcionen prácticamente todas las áreas de la economía y los pocos servicios sociales que quedan para el pueblo cubano.
No tenemos que ser defensores del gobierno cubano para darnos cuenta de que esta nueva agresión imperialista afecta principalmente a nuestro hermano pueblo de Cuba. En su afán por retomar el control del hemisferio y del continente americano, el gobierno trumpista está dispuesto a someter al pueblo cubano a una crisis de supervivencia.