“¡Cuba va!”

La revolución dependiente y parasitaria

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| Publicado el 21 abril 2026

“La gran ofensiva revolucionaria no podía ocultar la doble vara clasista, que como en el capitalismo tradicional, se estaba utilizando para medir en Cuba. La forma autoritaria en que se detentaba el poder junto a la evidente desigualdad que separaba a los productores de los Comandantes y jefes partidarios que comandaban la producción hacia ver con claridad el binomio opresor y oprimidos de que nos hablara el Manifiesto Comunista. Una casta encabezada por Fidel Castro mandaba, tomaba las decisiones fundamentales y se las informaba en discursos o en decretos a los trabajadores que ejecutaban sin autoridad ninguna para alterar las cosas. Los que mandaban contaban con el Partido, el ejército, los ministerios y demás resortes del poder. Los dirigidos solo tenían su fuerza de trabajo para vender obligatoriamente, pues no había mercado libre, y al bajo precio que ofreciera el patrono, pues no tenían sindicatos de verdad que los defendiera. Mientras los productores veían congelados sus salarios, extendidas sus jornadas de trabajo y racionadas sus ya menguadas cuotas de alimentos, los Comandantes y jefes partidarios, que no sabían a qué huele el sudor de una fábrica ni tenían que hacer filas interminables, veían engordados sus privilegios.” 

Luis Ángel Torres Torres 
“Había una vez una Revolución”
(Cuba: una revolución inconclusa)

La revolución cubana pasó de la esperanza en sus primeros años, al desastre que hoy conocemos. En los primeros seis años de haberse establecido se dieron grandes debates en torno al rumbo económico que debía seguir. Ernesto, Che, Guevara defendía la necesidad de diversificar la economía como punto de partida para garantizar la soberanía del país que acababa de reafirmar su derecho a la independencia. Para el Che mantener el monocultivo de la caña de azúcar significaba que Cuba no podría afirmar su soberanía y caería inevitablemente en una relación colonial con alguna potencia en la escena mundial. 

Establecer soberanía nacional debía significar una forma transitoria de organización donde los trabajadores del mundo se reconocerían como clase universal superando las barreras del estado nación que los separaban. Sin embargo, desde el gobierno se va construyendo todo un discurso teórico, emocional, institucional y retórico en torno a la soberanía nacional. Así, en Cuba esa soberanía se asume como el instrumento más eficaz y poderoso de la lucha antiimperialista. El gobierno intenta conjugar ambas opciones, ambas cosas se intentaron impulsar con igual intensidad de manera simultánea, aunque prevaleció el afán por la soberanía nacional por encima de la soberanía popular. 

A pesar de que la soberanía se veía como el valor supremo de la nación, no se tomaron los consejos del Che en cuanto a diversificar la economía. En la relación que Cuba desarrolla con la Unión Soviética y el campo socialista europeo se da al estilo de un circuito cerrado de subsidios. La lógica de esta “relación reciproca” provoca que la misma no correspondiera a un desarrollo productivo propio de la economía cubana. Esto lleva a que Cuba sea dependiente de la Unión Soviética y su campo socialista. 

Cuba le vendía azúcar a ese bloque socialista a precios inflados. Por otro lado, el petróleo y otras mercancías necesarias en Cuba, la URSS se las vendía a precios por debajo de lo establecido en el mercado, o mediante donaciones “solidarias” que fomentaban la dependencia y el parasitismo. Así se aseguraba la dependencia de Cuba de los subsidios soviéticos. De esta manera el motor de la economía cubana no estaba en Cuba sino en Moscú y en el Consejo de Ayuda Mutua Económica del bloque socialista europeo. La economía cubana no tenía un sustento propio, más bien se trataba de ayuda dependiente y parasitaria del exterior bajo el engaño de tener una economía propia. 

Para la economía cubana el intercambio que importaba ocurría entre la dirección del Partido-Estado y el capital extranjero, ya se tratara de capital soviético, venezolano, canadiense, europeo o chino. Así, el cubano común no tenía que producir o comerciar. Solo tenía que esperar al subsidio de un gobierno con una economía altamente dependiente de subsidios del exterior. Mediante esos subsidios el gobierno ejercía el control y tutelaje paternalista sobre el pueblo. Ya fuera mediante la libreta de racionamiento, esperar la asignación que el gobierno le proveía, o esperar a que la “solidaridad internacional” proveyera lo que la economía dependiente y parasitaria era incapaz de generar por sí misma.  

Así se va consolidando el control paternalista de la revolución mediante la creación de toda una gama de clientelismo político fomentado sobre la población empobrecida y despojada de las riquezas socialmente producidas y en posesión privilegiada de los lideres políticos y militares del Partido Comunista mediante el engendro burocrático contrarrevolucionario del Partido Único y su representación como Partido-Estado.  

El Partido-Estado reaccionaba de manera defensiva ante la crisis económica y la escasez de productos de primera necesidad que durante la década de 1960 se hacía evidente. Ya para1968 Fidel Castro se ve obligado a aceptar públicamente la gravedad de la situación. En un discurso pronunciado el 13 de marzo de 1968 Fidel habla de “las circunstancias de protesta, … de cierto descontento, confusión e insatisfacción relacionada con la disponibilidad de artículos de consumo, fundamentalmente, con varias medidas concretas como la suspensión de la cuota de leche para la población adulta.” Esta vez el culpable de tal situación de descontento según Fidel es del propio pueblo cubano que “le falta todavía la virtud del heroísmo diario, un pueblo al que le falta la virtud de la tenacidad.” 

De esta manera se descarga la responsabilidad y el peso de la crisis sobre ese pueblo que lleva unos nueve años sufriendo las consecuencias de la falta de planificación, la improvisación y el actuar en políticas económicas según los deseos antojadizos del líder al que no se le puede cuestionar y que no consulta con nadie. Para Castro es fácil decir semejante barbaridad, mientras el pueblo sufre de escasez de productos básicos a la cúpula dirigente del Partido-Estado nada de esto les afectaba, seguían viviendo en los privilegios que su posición dominante les otorgaba y seguían también tomando todas las decisiones fundamentales sobre el rumbo del país. 

A todo esto, siempre se le echa la culpa de las desgracias sufridas por el pueblo cubano al embargo-bloqueo impuesto por “los imperialistas gringos contra el glorioso y patriótico pueblo cubano y su revolución”. Y sí, es cierto, el criminal embargo-bloqueo ha contribuido a desestabilizar la economía cubana incrementando las dificultades para su desarrollo o crecimiento. Pero esta explicación del desastre en que se ha convertido la revolución cubana es limitada y simplista. Para la revolución la culpa siempre es ajena y sobre todo extranjera.  

Se trata de una mirada victimista y llorona a la que nos han acostumbrado las izquierdas y los revolucionarios a través del planeta. El gran culpable de todos los males es el imperialismo yanqui. Son incapaces de mirarse a sí mismos y de intentar comprender la responsabilidad propia en el desastre. De esta forma crean y activan todo un andamiaje ideológico propagandístico mediante el cual se liberan de asumir culpa por las políticas y medidas desastrosas que por más de 60 años han traído a la revolución cubana y a la vida miserable que por muchos años vive el pueblo y, que sobre todo hoy, no es posible tapar con la propaganda ideológica barata de los delincuentes y criminales que desde el Partido Comunista han gobernado y gobiernan a ese país por décadas. 

La revolución siempre se enorgulleció de haber creado al “Hombre Nuevo”, solidario, austero, comprometido con el colectivo y ajeno a los vicios burgueses individualistas que promovía el imperialismo. Por el contrario, lo que sí reprodujeron fue un ser humano al que le habían extirpado lo básico para procurarse su propia prosperidad y dignidad. En realidad, lo que se trató de crear fue un “Hombre Nuevo” sumiso ya que no se les permitía aspirar a otra cosa. Era ineficiente, no por sí mismo, sino porque el Partido-Estado había eliminado los espacios y los incentivos para que pudiera ser eficiente. 

Así, durante más de 60 años el Partido-Estado cubano anduvo de fracaso en fracaso e incrementando la dependencia parasitaria en subsidios extranjeros. Hoy que han ido perdiendo todo tipo de asistencialismo extranjero se facilita la labor de sabotaje agresivo que contra Cuba desata el gobierno norteamericano. Hoy se encuentran ante la encerrona que impone el imperialismo y el mal gobierno que ha regido el Partido-Estado. 

Nuestra más rotunda condena a las políticas agresivas del imperialismo contra Cuba. El mayor perjudicado de esas políticas agresivas es el pueblo cubano. Nuestra solidaridad va con el pueblo cubano que sufre la presión del imperialismo y un desgobierno desde el privilegio déspota y dictatorial de su Partido Comunista. 

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