Un mapa del Primero de Mayo en Puerto Rico

| Publicado el 6 mayo 2026

Por Christian Vélez Pagán
Colaboración con Bandera Roja

El Primero de Mayo de 2025, por el centro de la carretera en la Milla de Oro, avanzaban unas
veinte personas cargando sobre sus cabezas una bandera de Puerto Rico de más de treinta
pies. Las mujeres iban al frente, vestidas de púrpura y valentía. Detrás, veinticinco gremios y
organizaciones sostenían la columna que empujaba el paso. Desde la acera, los estudiantes de
la UPR se acercaron al grupo sin miedo, cantando una consigna que empujaba a la gente
hacia adelante.

Un país que marcha de esta manera hoy. Como si hubiera aprendido que la fiesta también es
lucha.

En los primeros años del siglo XX, antes de que la bandera sirviera para tapar el sol y las
consignas fueran lo único que quedaba para respirar, la prensa comercial dibujó a los
trabajadores de otra manera. Una figura moldeada por el miedo y disciplinada por el lenguaje.
Reducida a la sombra de un perfil.

En 1906, el Boletín Mercantil escribió del Primero de Mayo como si fuera un funeral. No
había lucha, no había calle y no había cuerpo. Solo pena en sus narraciones. Unos
trabajadores que debían resignarse. Un país que debía evitar el desorden. La prensa comercial
no narraba la protesta: la momificaba.

Un año después, en 1907, La Correspondencia concedió que los mártires de Chicago
merecían respeto, pero no imitación. La revolución, decían, estaba “muy lejana”. Los obreros
debían instruirse. Mejorar su carácter y corregirse. La emancipación, entonces, se volvió un
proyecto moral, individual y domesticado.

En 1919, El Imparcial miró a Europa y todo lo vio rojo bolchevique: tranvías, edificios,
monumentos “pintados de rojo”. Un continente al borde del caos. El obrero europeo era una
amenaza. El puertorriqueño, un espectador. La lección: no cruces esa línea. El Primero de
Mayo se volvió advertencia. Pero también, sin saberlo, confirmación: los trabajadores de aquí
ya se sabían parte de algo más grande.

Llegó 1920 y apareció El Comunista con un aire de anarquista. Ventura Mijón, Antonio
Palau, Emiliano Ramos. Nombres que escribieron lo que nadie más se atrevía: que Chicago
era sangre y que el capital tenía tropas. Decían que el obrero tenía derecho a la calle.
“Trabajadores, abandonad este día vuestras labores… venid con nosotros a la protesta, a la
lucha.” Por primera vez, la prensa no describía al obrero. Lo convocaba, precisamente, a no
trabajar.

Entre 1906 y 1920, la prensa no solo narró el Primero de Mayo. Lo definió. Los convirtió en
duelo, moral, miedo y revolución. Distintos periódicos, distintas maneras de imaginar a los
trabajadores. Y de decirle al país quién podía —y quién no— levantar la voz. Eso duró casi
un siglo. Hasta que la calle volvió a tomar la palabra.

Las calles para protestar siguieron ahí, pero el poder que definía la fiesta cambió de nombre.
Ya no era el Boletín Mercantil. Era la Junta de Control Fiscal.

En 2017, el país se cansó de aguantar. El Post Antillano recogió la denuncia del Comité Pro
Derechos Humanos de Puerto Rico: la Junta no era una oficina técnica. Era la negación de la
democracia. El rostro del capital financiero internacional, aliado con la burguesía local,
decidido a pagar la deuda con el sudor y la sangre de los trabajadores. En la calle se
respondió con protestas. Aquel Primero de Mayo no fue solo una marcha. Fue un desborde.
Estudiantes, sindicatos, maestras, jubilados, artistas, gente que nunca había marchado. La
policía actuó como fuerza de choque. Defendiendo un orden que no existe para los
trabajadores ni para los pobres. Por unas horas, quienes marcharon se vieron a sí mismos. Sin
intermediarios. Como si hubieran redescubierto lo que la primera generación del Primero de
Mayo ya sabía: la calle no es solo queja, es reconocimiento mutuo.

El 2017 no fue victoria ni derrota. Fue una ruptura. El momento en que el Primero de Mayo
dejó de ser metáfora y volvió a ser territorio. Es lo más lógico, nos han querido quitar todo. Y
en la calle defendemos lo único que nos queda. Nuestra dignidad.

Después de ese quiebre, Claridad empezó a reconstruir el Primero de Mayo desde la
precariedad que se volvió norma.

En 2020, Francisco “Pancho” Moscoso miró hacia 1897 como quien abre un mapa antiguo
para orientarse. No encontró nostalgia. Encontró un periódico: Ensayo Obrero. Fundado por
los propios trabajadores el mismo 1 de mayo de 1897. En su primera página escribieron:
“Fecha que los trabajadores de todo el mundo conmemoran, porque ella nos señala un
rumbo”. Ahí estaban Gómez Acosta, Romero Rosa, Ferrer y Ferrer y Santiago Iglesias
Pantín. Nombres que no esperaron que nadie les dijera desde arriba cuándo ni cómo luchar.

Moscoso lo recordó para decirnos: si nuestros ancestros se organizaron y escribieron su
propio mapa, a nosotros y nosotras nos sobra la valentía para seguir trazando el nuestro.

En 2021, la pandemia obligó a convertir la marcha en caravana. La calle no podía llenarse de
cuerpos pero los ruidos automovilísticos sí. Claridad lo narró con precisión: la policía
protegía la Milla de Oro. LUMA avanzaba con su desastre. La reforma laboral desarmaba
derechos. La precariedad energética se volvió una precariedad vital. Y la Junta, escondida en
su guarida, planificando cómo desmantelar el país.

Para 2023, la crisis tenía nombres propios. La Junta, la privatización, la inflación y el
desplazamiento. La UPR desangrada. El Primero de Mayo era el diagnóstico: la Milla de Oro
como símbolo del país que se encierra por la pandemia. La universidad como representación
del país que se derrumba. La calle como el lugar idóneo para quienes insisten en defender su
dignidad.

En 2025, Claridad escribió que el Primero de Mayo no era una fecha. Era un ritmo. La Misa
Obrera, las juventudes y los colectivos antirracistas. La lucha no empezaba el 1 de mayo ni
terminaba ese día. Era un calendario entero. Un año completo de resistencias pequeñas y
grandes. En Puerto Rico, el Primero de Mayo seguía siendo una fiesta creada desde abajo.

Mientras tanto, Rumbo Alterno convirtió la calle en territorio político. En 2023 escribieron
“pa’ la calle”. No como consigna. Como forma de vida. En su discurso aparecían la rabia
organizada, la mezcla de cuerpos, la memoria de Vieques, la denuncia de la deuda, la
privatización, la violencia colonial y la explotación capitalista.

La Federación Sindical Mundial amplió el mapa, como hacía la vieja Internacional. Chicago
como faro y Palestina como herida abierta. El capitalismo global como un orden que cobra en

vidas lo que no paga en salarios. Recientemente, la FSM lo dijo sin que se le quedara nada
adentro: “nuestras vidas o sus ganancias”.

El Post Antillano, por su parte, sostuvo la tradición hostosiana. En 2023 y 2024, el MINH
convocó desde la UPR hasta el Capitolio. Desde la memoria de Pedro Grant. Con una
consigna clara: privatización, recortes, desplazamiento y violencia de género. Un país que se
defiende mientras imagina otro.

La prensa comercial de antes definía a los trabajadores desde arriba. Los dibujaban sin rostro,
sin nombre, sin consigna propia. Figuras monolíticas que cabían en una sola frase:
resignación, moral, advertencia o figura épica. Nunca preguntaron y tampoco convocaron.
Solo describieron desde la distancia.

Ahora es diferente. Cuando la fuerza de choque empuja y dispara gas, alguien está grabando
con su celular. En estas marchas las mujeres de púrpura van al frente. Los estudiantes cantan
sin miedo y se acercan a la calle. El mapa tiene coordenadas digitales. Pero la calle sigue
siendo la calle. El espacio donde nos encontramos para defendernos y exigir nuestros
derechos. Es el principio de la esperanza: la convicción de que un mundo mejor no se pide, se
empieza a construir en la calle.

Lo que está en juego no es pequeño: el salario mínimo congelado mientras la vida se
encarece. Derechos laborales que costaron décadas conquistar, desapareciendo. El desempleo
continúa creciendo mientras las ganancias se privatizan. Derechos reproductivos bajo ataque,
otra vez. La universidad pública: desangrada, privatizada y abandonada. Un retiro digno para
nuestros mayores, recortado y puesto en duda. Hasta las playas que creíamos de todas y
todos, en vías de privatización.

Por eso te convoco al próximo Primero de Mayo, sea este 2026 o el que venga. No para
repetir consignas. Sino para estar donde siempre se ha jugado nuestra dignidad: en la calle.
Ya no somos esa imagen sin rostro que dibujaban los periódicos de antes. Ahora tenemos
voz. Cuerpo y memoria de lo que nos quitan.

Este Primero de Mayo, el mapa lo trazamos juntos y juntas. Pero la calle no basta. Sin
organización sindical de clase, sin coordinación entre luchas, sin un movimiento obrero que
articule la rabia en programa, el Primero de Mayo corre el riesgo de ser una fiesta sin
transformación. Por eso la convocatoria es doble: a la calle y a la organización. Nuestras
vidas o sus ganancias.

Como hace más de un siglo, cuando unos pobres sin poder inventaron la única fiesta que el
mundo no pudo ignorar.

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