Rafael Cortijo e Ismael Rivera

«El negro bembón» y «Si Dios fuera negro»

Dos monedas, dos caras del racismo en Puerto Rico

| Bandera Roja

| Publicado el 6 julio 2021

 

 

Los mulatos, de que se compone la mayor parte de la población de esta isla, son los hijos de blanco y negra.

Fray Íñigo Abbad y Lasierra

 

Un discrimen que no aflora a la conciencia debe hallarse demasiado arraigado en nuestro ser; es tan nuestro que ni siquiera advertimos su presencia.

Isabelo Zenón

La existencia del racismo y el discrimen racial en nuestro país están documentados, al menos, desde el siglo 18.  Fray Íñigo Abbad y Lasierra señaló, en su Historia geográfica, civil y natural de la Isla de San Juan de Puerto Rico, que “no hay cosa más afrentosa en esta isla que ser negro o descendiente de ellos; un blanco insulta a cualquiera de éstos impunemente con las expresiones más vilipendiosas” (182-183).  De los mulatos comenta que su color “es oscuro desagradable, sus ojos turbios, son altos y bien formados, más fuertes y acostumbrados al trabajo que los blancos criollos quienes los tratan con desprecio” (182).  Ya en ese contexto se había establecido una relación directa entre las personas esclavizadas y las negras y mulatas.  Toda la carga degradante, ofensiva, negativa y de inferioridad que se les confería a unas  permeaba a las otras. Para el pensamiento o imaginario puertorriqueño la esclavitud y la negritud eran hermanas siamesas. 

“En Puerto Rico no sabemos todavía muy bien lo que es el prejuicio racial”, comienza apuntando Tomás Blanco en su ensayo “El prejuicio racial en Puerto Rico” (1937).  Por su parte Arcadio Díaz Quiñones, en su estudio preliminar al escrito de Blanco,  señala que este  texto, “más que un estudio sobre el prejuicio racial, es un discurso encaminado a subrayar las contradicciones con la nueva metrópoli” (81). Pero también resulta innegable el esfuerzo que realiza Blanco para, si no negar el prejuicio hacia las personas negras al menos minimizarlo o insistir en su insignificancia.

Más de ochenta años después aún encontramos sectores que postulan y defienden la tesis de Blanco acerca de la inexistencia del racismo y el prejuicio racial en la isla.  Y es que su discurso “coincide, en lo fundamental, con el discurso dominante desde finales de la década del treinta”, que “sigue siendo un discurso operante en ciertos sectores: ofrece una visión, unos mitos históricos y unos valores sociales y  espirituales que muchos reproducen sin cuestionar”  (Díaz Quiñones 16).

Sobre el racismo, Bárbara I. Abadía- Rexach, citando a la Comisión de Derechos Civiles, señala que consiste en “conferir cualidades de superioridad o inferioridad a individuos o grupos en virtud de su raza” (27).  Asimismo, cita a Mayra Muñoz y a Idsa Alegría que consideran que el prejuicio racial es la “acción de juzgar a priori en función de la raza, como la creencia de que los negros tienen unas características particulares que se ‘naturalizan’ en la raza (habilidad musical, depravación moral o social)” (Abadía 28).  Por último, la Comisión define el discrimen como “la acción de manipular las oportunidades de un grupo o individuo en función de su raza” (Abadía 29).

Las manifestaciones y expresiones del racismo son variadas.  No todas son frases refritas – sin que se gaste su mala intención – a la usanza de “es negra, pero bonita e inteligente”, o “ese es un negro fino”, o “búscate a un blanco (o a una blanca) para que mejores la raza”.  Las de nuevo cuño, e igual mordacidad, pueden ser más o menos elaboradas, pero igual materializan nuestro racismo.  Escuchamos anécdotas como la de la abuela indignada por las críticas racistas que oía de su familia, y muy erguida y digna les increpó  que la avergonzaban sus comentarios pues “ante Dios todos somos blancos”.  O el de un pobre educador, muy pobre, que justificaba tratar el tema del racismo en clase señalándoles a sus  estudiantes que había que tenerles lástima a las personas  negras, ya que “ellas no tenían la culpa de su condición”.

 O chistecitos, como el que algunas personas repiten, porque consideran que tiene su ‘gracia’, y que así no denota toda su carga prejuiciada: “Mami, ¿qué pasa con los bebés blancos cuando mueren? – Pues Dios los acoge en su seno, les pone alitas y se convierten en los angelitos que nos protegen del mal.  – ¿Y cuándo mueren bebés negros? – Pues Dios los acoge en su seno, les pone alas y se convierten en los condenados murciélagos que se pasan jodiendo por ahí”.   Y qué decir de la incredulidad  de la señora, en la oficina del correo  frente al retrato de uno de los  más buscados, que no podía concebir que aquel hombre rubio, blanco  y de ojos claros pudiera ser un criminal. Consciente e inconscientemente la concepción racista es consistente y perdurable en nuestro país.

El racismo en Puerto Rico, como nos recuerda Díaz Quiñones en otro lugar, se encuentra en el “límite  entre lo evidente y lo vedado”.  El racismo es parte de una estructura mental subyacente, muchas veces, que brota en cada ocasión que le es posible.  Cuando no creamos, repetimos expresiones y estereotipos que muestran los niveles de humillación, desprecio y marginación de que somos capaces.  Nuestro racismo está a flor de piel, en la punta de la lengua y se manifiesta incluso de las maneras  más inocentes.  Aun cuando parece que se denuncia y critica.

El negro bembón        

“En una de las canciones más geniales que se haya escrito en esta isla, […]   Bobby Capó, captó con hilaridad el problema del prejuicio racial en Puerto Rico,[…]  Curiosamente, mulato de labios finos y sonrisa de galán, Capó destapa en la canción la arbitrariedad del prejuicio, la crueldad y el miedo del que lo padece”.  Manuel Martínez Maldonado se refiere a El negro bembón, canción que convirtió en un éxito el Combo de Cortijo junto a Ismael Rivera durante la década de 1950. Éxito que por sus particularidades  mantiene cierta vigencia.  La canción surge en un  escenario social específico, cuando se va prefigurando un cambio visibilizador de las aportaciones de figuras puertorriqueñas negras.  Así lo comprendía el mismo Ismael Rivera, quien lo compartió con el periodista César Miguel Rondón: “Ese era el tiempo de la revolución de los negros en Puerto Rico …  Roberto Clemente, Peruchín Cepeda, Romaní, entraron los negros en la universidad … Paff … y salió Cortijo y su Combo acompañando esa hambre, ese movimiento” (Téllez Moreno).

Diversos autores le han dedicado comentarios.  Luis Rafael Sánchez festeja que media humanidad la baila y la canta, pero no deja de notar la caricaturización que hace del negro “mediante el resaltamiento de los labios gruesos o abultados” (2002).  Para Robert Téllez Moreno “resulta evidente que se trata de una narrativa que denuncia los estragos del racismo y la inconformidad de quienes lo han padecido.  Es una crítica a la exclusión social hecha desde la cultura popular”. 

Isabelo Zenón considera que la canción es racista, porque degrada al negro al hablar del bembe por su forma, y no por su color.  Para Zenón es una creación burlesca contra el negro muy aceptada.  Añade que el negro “no sólo ha aprendido a despreciarse, sino también a castigarse” (p.100, II).  Bárbara Abadía Rexach advierte que “a pesar de su tono humorístico y entretenido, la canción maneja una representación compleja y polisémica” (102).  Por un lado la canción expone las condiciones sociales racistas que sufren los y las puertorriqueñas negras, y por otro, aporta a la continuidad y estabilidad de la formación cultural, porque no cuestiona a fondo el racismo, sino que plantea una mayor compasión y consideración hacia la gente negra (102).  Pero su significación y complejidad van aun más allá.

Zenón acusa el carácter peyorativo del concepto bembón (p.93, II) y Abadía coincide con él.  Sin embargo, reusar y validar  la palabra bembón en la canción es prácticamente inevitable, en la medida en que se ha utilizado para caracterizar a la gente negra, y cumple con la necesidad de síntesis de la canción misma y el efecto de comicidad que persigue.   Capó, entonces, recurre a ella en tanto el estereotipo racista del concepto ha quedado firmemente  establecido en nuestro país.

El negro bembón ha perdurado en el gusto y la aceptación de varias generaciones de puertorriqueñas y puertorriqueños.  Goza de reconocimiento por su denuncia (aunque ambigua) y además por la ingeniosidad en que emplea los elementos de lo cómico como recurso para mostrar el  racismo. Y es que el humor, como cualquier otro aspecto cultural, se presta para repudiar o avalar estructuras mentales y sociales.

Con el humor se pueden decir muchas verdades: serias, peligrosas, atrevidas, morbosas, críticas, ocultas.  El humor funciona, en ocasiones,  como salvaguarda  o cubierta dulzona que busca decir con gracia un hecho, una realidad o una situación repudiable, indeseable.  El humor en su sentido más extendido y abarcador se refiere a lo que hace reír (Hernández Muñoz).  Esto le otorga cierta validez a El negro bembón por la manera en que  expone el problema del racismo.

En esto radica, a nuestro entender, el dilema que enfrenta la canción.  En términos generales, la risa que producen los chistes es efímera y el chiste mismo lo es.   Y es que el chiste  nos entretiene, pero no nos lleva a pensar (S. Hernández Muñoz).  Se debe distinguir lo meramente chistoso y  cómico de un humor más elaborado, del que contiene una intencionalidad denunciatoria, contestataria o irreverente, entre otras posibilidades.  Hay que separar el humor  insustancial del humor crítico, del que se enfoca y está enfocado en las problemáticas sociales. “La comicidad nos hace reír y nos entretiene, el humor nos hace reír y pensar” (Hernández Muñoz). Valgan de ejemplo en este punto, entre tantos textos, los libros de humor gráficos de Joaquín Lavado, Quino.

La denuncia y crítica en contra del racismo que de primera intención percibimos en El negro bembón se va reduciendo, se va vaciando del contenido acusatorio  en la medida en que se sustenta fundamentalmente  en un chiste.  Es un chiste cruel y violento, un chiste racista, morboso y desalmado que, como parte de su carácter contradictorio, provoca comicidad.  (Entendiendo lo cómico como el efecto sorpresa que funciona de conductor hacia la risa, sorpresivo porque rompe con la norma, con lo esperado: “el guardia escondió la bemba y le dijo…”).  En ese sentido Bergson tendría razón al señalar que la insensibilidad ordinariamente acompaña a la risa (13).  En otro momento añade que la risa es incompatible con la emoción (132).

A pesar de su contenido, el tono de El negro bembón es de relajo, de vacilón, de juerga, festivo. En este contexto podría tomarse como una justificación para insistir en que el racismo en Puerto Rico es  superficial o que ocurre solo ocasionalmente, como si no fuera parte de una realidad dura que vive constantemente un amplio sector de nuestra sociedad. El tono de la canción contribuye a manifestaciones de racismo peligrosas y dañinas, porque la broma y la hilaridad sumergen y ocultan la brutalidad del acto racista mismo.

A este respecto, Isabelo Zenón, en Narciso descubre su trasero, comenta sobre dos poemas de Julio Enrique Iguina que terminan en broma, aun cuando detallan la brutalidad del uso del carimbo y el sufrimiento terrible que causaba.  Para Zenón, solo “dentro de una sociedad prejuiciada pueden circular estos versos sin que se le critique al autor tomar un problema tan serio y triste para la burla y la chacota.  No nos cabe la menor duda que la reacción de casi todas las personas sería de aceptación de la broma porque el sistema racista que padecemos provee para tales reacciones” (179 -180).  Esta reacción a la que se refiere Zenón, es, básicamente, la que se repite en El negro bembón.  Somos ciudadanos de una sociedad  que se ríe y divierte con la muerte del pobre negrito bembón.

Y es que no se puede ignorar que esta canción trata de un linchamiento.  El negro bembón ha sido víctima de un crimen de odio.  Su muerte y el temor del policía negro son signos claros de que la gente negra no es querida.  No todo el mundo quería al negro bembón, aunque el fraseo inicial así lo diga: “Mataron al negro bembón, hoy se llora noche y día, porque al negrito bembón, todo el mundo lo quería”.  La contestación que recibe el policía, igualmente bembón y negro, que investiga el suceso, desdice de tal cariño: “¿Por qué lo mató?, diga usted, la razón”. “Yo lo maté por ser tan bembón”.   El guardia, perplejo y asustado, esconde la bemba y solo atina a alegar: “Esa no es razón”.   En el segundo coro  se insiste en el chiste macabro “esconde la bemba que ahí viene el matón”, con el soneo de Ismael Rivera urgiendo a la necesidad de huir, de evitar encontrarse con el matón de negros.

Un poco la  canción se ampara en que el racismo en Puerto Rico no se ha caracterizado por manifestaciones racistas llevadas al extremo de asesinar a una persona por ser negra.  “En Puerto Rico es desconocido el linchamiento”(Blanco 122).   La falta de esa experiencia histórica en la isla podría explicar, en parte, que la muerte del negro bembón, por negro, parezca divertida.  Pero solo en parte.  Zenón acierta al adjudicarle a una sociedad prejuiciosa y prejuiciada aceptar que el tono humorístico de la canción nos haga olvidar, aunque sea de forma pasajera, que se trata de  un crimen racista.  La bemba se convierte en signo de peligro, de amenaza.

“Quizás, esta canción pudo haber sido escrita con el propósito de denunciar el prejuicio y el discrimen por razón de raza en la Isla.  Pero, de manera paralela, sirve de mecanismo de reproducción de un discurso de jerarquías de valor y privilegio basados en la fenotipia” (Abadía 102).  Al discurso hegemónico, el que se ampara en el color de la piel, le viene muy bien que todavía se cante y se baile con El negro bembón, le viene justo que con su tono humorístico se desprecie y se vuelva risible el asesinato de un negro, por serlo.  No hay que darle muchas vueltas más.  Esta ‘memorable’ canción concibe la muerte de un negro a manos de un racista como si fuera un paso de comedia más de un programa de la mala televisión.  Lo tenemos como un chiste aceptable y aceptado, porque  a final de cuentas se trata de negros.

Esta canción – y no por la intención inicial que le podemos adjudicar al autor – repite uno de los aspectos del racismo en Puerto Rico: la mezcla del repudio y la conmiseración.  Asimismo se presta para fomentar el orden jerárquico  establecido, orden que alienta y sostiene el discurso del poder, que es racista, entre otras cosas.  El negro bembón se ubica en una sociedad rígida y agarrotada, en y por su prejuicio racial.

 Si Dios fuera negro

Si la abolición llegó, el negro no la gozó.

Pete “El Conde” Rodríguez

 

“la risa amarga que ríe de lo que no es bueno, la risa de dientes afuera que ríe de lo que no es verdad, la risa sin alegría que se ríe de la desdicha”

Samuel Beckett

 

Si Dios fuera negro, del puertorriqueño Roberto Angleró,  es una canción  menos reconocida que El negro bembón.  Aunque gozó de gran éxito cuando salió en 1979, su trayectoria histórica no se asemeja a la composición de Capó y apenas ha merecido comentarios, con la excepción del acercamiento que le hace Bárbara Abadía Rexach en su libro Musicalizando la raza.

La primera parte de la canción se compone de cuatro estrofas que comienzan con una posibilidad montada en el coro “Si Dios fuera negro, mi compái/ todo cambiaría/ fuera nuestra raza, mi compái/ la que mandaría”.   El coro deja entrever desde la arrancada que la raza negra está supeditada al orden que ha impuesto el sector dominante blanco.  Se ha instaurado una dicotomía y polarización en nuestra sociedad en la que a la gente negra le ha tocado la peor parte: la de sufrir el asedio, el rechazo, la indiferencia.  La raza negra no manda, no gobierna, no establece las pautas, nos recuerda Angleró.  Pero eso cambiaría si se lograra el cambio, si se diera la transformación que ubique a la gente negra en igualdad real y concreta con la gente blanca, en una sociedad  que en tanto dejaría de ser racista.

Importante, el coro no plantea el deseo de que Dios sea negro.  Lo que pretende es que se reinviertan los papeles de jerarquía, castas o privilegios que se ha arrogado el blanco a disgusto y a costa de las personas negras.  La negritud de Dios vendría de la mano del cambio de mando.

La estrofa inicial (negro el presidente/ y el gobernador/ negro el abogado / y negro el doctor, compái) recoge  las instancias adheridas al poder político, social y económico.  Enumera los sectores legitimados por la sociedad, a los que disfrutan de las ventajas y privilegios que establecieron y se autoadjudicaron.  De esta manera Angleró indica cuales son los grupos que socialmente se denominan a sí mismos como los elegidos.  Esto marca, así, a la gente negra, que queda al margen de esos ámbitos de ventajas y dominio.

 En la segunda estrofa (negra la azucena/ y negra la tiza/ negra Blanca Nieves/ negra Mona Lisa, compái) se busca invalidar socarronamente la concepción de la belleza basada en la blancura, en la medida que la cultura occidental la ha establecido como parte del canon de lo que es hermoso.  Comienza con la azucena que, como  otras flores blancas -el lirio-,  ha servido literaria y culturalmente como símbolo de la pureza e inocencia.  Se asocia con la mujer blanca y virginal, mientras que la mujer negra queda revestida de sensualidad y pecado.  Con respecto a la tiza, resulta curioso que los romanos anotaban con tiza los días felices, y con carbón, los días desafortunados. Entre los candidatos romanos, “el que pretendía el favor popular vestía de blanco o llevaba las ropas blanqueadas con tiza (Portal 25).

Blanca Nieves (su nombre es más que expresivo en sus significados y capacidad de síntesis) funciona como paradigma de la joven mujer atractiva y encantadora, además de casta y angelical, según se aprende y se aprehende desde la niñez, a partir de los cuentos de hadas y otras narraciones.  Un mecanismo más con el que se busca establecer la relación entre lo blanco, lo hermoso y lo virtuoso.  Y concluye la estrofa con la Mona Lisa, considerada la pintura más relevante y famosa alrededor del mundo occidental, con su enigmática sonrisa y su rostro blanco.  Por lo tanto, si la belleza y la virtud se caracterizan por la blancura, podemos presumir que la fealdad y el pecado son privativos de lo negro.   Angleró asevera que si se invirtieran estos supuestos, la hermosura tendría otro color.

En la siguiente estrofa (negro fuera el día/ negro fuera el sol/ negra la mañana/ negro el algodón, compái), el señalamiento recae sobre la naturaleza.  La asociación que se hace del día, del sol y la mañana con sus luces y claridad, se han cargado de connotaciones de optimismo, posibilidades y esperanzas.  Como contrapartida, se sobrentiende que la noche, con su negrura y oscuridad, se vincula con los consabidos peligros, daños y temores que aguardan al ser humano.  De larga trayectoria histórica, en numerosas épocas y comunidades, se ha impuesto la relación entre lo oscuro y lo negativo,  lo negro  y lo misterioso.    “El blanco refleja todos los rayos luminosos, el negro es la negación de la luz, por eso se atribuyó autor de todo mal y de toda falsedad” (Portal 85).

La cuarta  (negro fuera el papa/ negro el ministro/ los ángeles negros/ negro Jesucristo, compái)  se ubica  en el mundo religioso cristiano.  Por un lado, y como nos recuerda Abadía, la Iglesia Católica nunca ha tenido un papa negro.  Y por otro, la imaginería  en occidente ha plasmado las figuras de los ángeles como seres blancos.  La excepción sería el ángel caído, convertido en un satanás negro, derrotado por el arcángel San Miguel – blanco y rubio por pura casualidad. De Jesucristo, las obras pictóricas e imágenes lo identifican como un hombre blanco y, en algunas, incluso rubio y de ojos claros.

A pesar de que no faltan en la tradición iconográfica católica vírgenes y santas negras, santos y Cristos negros, “son escasas las representaciones de santos y vírgenes negras en la pintura moderna centroamericana (y menos en otros géneros), con excepción de algunos autores que los emplean más como motivo estético que invocatorio” ( Escoto 21-22).  Y añadimos, ni en Centroamérica ni en otras partes del mundo.

Si Dios fuera negro denuncia la apropiación de un Dios blanco, como parte del establecimiento de la hegemonía blanca. Angleró critica ese apoderamiento constituido históricamente a través de las  jerarquías sociales, de la cultura imperante, que parte del poder desde el poder y de la imposición religiosa.  Angleró denuncia que el hombre blanco ha establecido un Dios y una sociedad  a su imagen, semejanza y color.

Como remate, con un tipo de coda, la canción invierte a modo de relajo o vacilón cinco expresiones con carga racista muy comunes: 1. “Tengo unas gomas banda blanca ahí, que las doy baratas, ahora si las quieres con banda negra, te valen más caras” (risas); 2. “¿Tú ves ese tipo blanco que está aquí?, así blanco como tú lo ves, tiene el corazón negro, buena gente” (risas);  3. ¿Guardia, qué pasa, chico? Nada, que acaba usted de comerse la línea negra” (risas);             4. “Muchacho, tengo una hambre blanca, men” (risas); 5. “¿Y qué jugamos?  Bueno, vamos a jugar al 8 blanco con el mingo negro” (risas).

Las expresiones 1 y 3 se ponen en el contexto regido por los sectores dominantes blancos que plantean que lo mejor y de más valor económico, además de que la norma  y lo correcto, se asocian con el color blanco. Y de nuevo, sus contrarios, con lo negro.  De aquí  ha sido extrapolado, por caminos viejos y tortuosos, a la dicotomía impuesta de gente negra – gente blanca, con toda la minusvaloración y desprestigio que se le ha conferido viciosamente a la negritud. 

Las expresiones 2 y 4 son de uso extendido en nuestra sociedad.  Partir  de la concepción de que las virtudes y las tachas humanas corresponden al color de piel, asignar de modo arbitrario y parcializado que los vicios e imperfecciones corresponden a la gente negra, y la impecabilidad y bondades caracterizan a la gente blanca, explaya la conceptualización más racista imaginable.  El enunciado ‘tengo un hambre negra’ muestra con claridad cómo se establece el discurso racista.  El innecesario uso de negra para caracterizar el hambre es una manera más de exteriorizar racismo, de imponer una asociación entre lo negro y lo indeseable.  No es fortuito ni casual el uso de este tipo de expresión.  Connotan todo el prejuicio racial que solapadamente albergamos como pueblo.

El gesto burlón y antirracista que se plantea con estas expresiones buscan resaltar la continua diferencia que se establece entre lo negro y lo blanco en la cotidianidad.  En el juego de billar, cambiar el color a la bola número 8 de negra a blanca y al mingo de blanco a negro, sirve para recapitular el deseo que manifiesta la canción de invertir los papeles asignados socialmente a lo negro y a lo blanco.  Tiene como uno de sus objetivos que se le dé fin al prejuicio, a la discriminación racista que coloca en un estado de indefensión y desventajas reales a la gente negra en la sociedad en que vivimos.  Angleró insiste en visibilizar el problema racial que tanto afecta, de modo silente la mayoría de las veces, a la gente negra en Puerto Rico.  Un pueblo que decidió de manera maniquea o ignorante que era esencial y primordialmente blanco.

Si Dios fuera negro es una reivindicación de la negritud, de su presencia inmanente a nuestra identidad puertorriqueña.  Declara el esfuerzo torcido de su ocultamiento.  La letra de la canción es un grito que reclama y fustiga a la vez, en un juego en que se sustituyen papeles, porque en realidad son intercambiables, porque ya  han sido intercambiados a gusto y disfrute de los que detentan el poder, la casta blanca que se ha impuesto y determina.

Si Dios fuera negro expone un humor que no tiene como fin entretener, y sí hacer un llamado de atención a la situación del racismo.  Es irreverente, su denuncia antirracista es confrontativa y concreta. Es una reflexión de tono irónico que apela a la complejidad del problema del prejuicio racial y la discriminación, y contiene un reclamo de carácter contestatario y reivindicativo del que carece El negro bembón.  Si la canción de Capó es de resistencia y denuncia a la ideología dominante sobre el discurso racial en Puerto Rico en realidad queda oculta bajo el ropaje del chiste y  coloca a la negritud y sus problemáticas como un aspecto segundón.

Angleró y Capó  son testigos del gran problema del prejuicio y racismo que existe y persiste en el país.  Ambos, con El negro bembón y Si Dios fuera negro, cada uno a su manera y estilo, reconocen la importancia de exponerlos, de visibilizarlos.  Nos encontramos con un repudio racial sistemático que reproduce, a su vez, la noción de que el racismo y el prejuicio racial no existen en Puerto Rico, que no son problemas  de los que tengamos que preocuparnos, ni debamos discutir para resolver.  Por eso hay voces de alarma (Capó y Anglero) y alarmadas por la insistencia pasiva-agresiva y sospechosa de que el racismo y el prejuicio contra la gente negra no son un problema en nuestro  país.

Bibliografía

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  • Abbad y Lasierra, Fray Íñigo, Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, Editorial Universitaria, Puerto Rico, 1970.
  • Bergson, Henri, La risa. Ensayo sobre la significación de lo cómico, Editorial Losada, Buenos Aires, 2009. (Traducción de Amalia Haydée Raggio)
  • Biedermann, Hans, Diccionario de símbolos, Ediciones Paidós, España, 1996. (Traducción de Juan Godo Costa)
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  • Sánchez, Luis Rafael, “Bembo y piel canela”, El Nuevo Día, 3 de octubre, 2002, p. 110.
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