El capitalismo se caracteriza por ofrecer respuestas individuales a problemas colectivos. Propone soluciones como la privatización de servicios esenciales, la autorregulación del mercado sin intervención estatal, e incluso fomenta religiones que promulgan la salvación individual. Esta lógica fragmenta las luchas y oculta el carácter estructural de las desigualdades.
Parte del éxito del capitalismo en su consolidación ha sido nutrirse de un sistema de opresión que le precede históricamente: el patriarcado. Esta estructura de dominación, basada en la subordinación de las mujeres por los hombres, ha sido su mano derecha (valga la redundancia). Mediante la explotación del trabajo doméstico no remunerado, sostiene la reproducción de la fuerza laboral sin costo para los patronos. Las mujeres realizan las tareas de cuidado que permite que los trabajadores lleguen a sus empleos, pero este trabajo invisible no es valorado económicamente.
«La lucha contra el capitalismo y la lucha contra el patriarcado son inseparables. No hay que esperar a después de la revolución«
Además, el capitalismo ha impulsado la feminización de determinados puestos para establecer condiciones laborales inferiores. Sectores como el servicio doméstico, la educación infantil, la enfermería o trabajos de servicio se han asignado a las mujeres, justificando salarios más bajos y mayor precariedad.
El control del cuerpo de las mujeres constituye otro eje fundamental. Tanto a nivel reproductivo mediante restricciones al aborto y su criminalización, como a nivel sexual a través de la cosificación, la violencia machista y la doble moral, el patriarcado garantiza que los cuerpos femeninos estén disponibles para el sistema productivo y reproductivo según las necesidades del capital.
El peso del capitalismo ha recaído históricamente sobre la clase obrera, pero dentro de ella existe una gradación en la explotación. Las mujeres trabajadoras soportan una carga adicional por su condición de género, y junto a ellas, otros sectores subalternos sufren formas específicas de opresión: personas migrantes; personas racializadas; la comunidad LGBTQ+; la niñez. Esta intersección de opresiones exige que la lucha contra el capitalismo atienda las particularidades de cada grupo oprimido, sin perder el foco de la superestructura capitalista que nos oprime.
Por ello, cuando luchamos contra la privatización como la energía y la salud, lo hacemos con el convencimiento de que ambos renglones impactan especialmente a las mujeres. Son ellas quienes principalmente gestionan el cuido familiar, quienes sufren las consecuencias de resolver en los hogares con los apagones, quienes ven recortados sus derechos reproductivos con las políticas que se impulsan en la legislatura. Pero no basta con detener estas políticas privatizadoras. Es necesario ir más allá y redefinir las relaciones de género para eliminar la opresión patriarcal.
Esto implica construir alternativas que no reproduzcan las mismas dinámicas de dominación que combatimos. Supone cuestionar la división sexual del trabajo también en los espacios de lucha, repartir las tareas de cuidados, visibilizar el trabajo doméstico como actividad productiva y colectiva y recabar en una educación con perspectiva de género en todos los espacios públicos y nuestros. Significa entender que la emancipación de la clase obrera no será completa sin la abolición del patriarcado.
La lucha contra el capitalismo y la lucha contra el patriarcado son inseparables. No se trata de esperar a la revolución para después abordar “la cuestión femenina”, sino de entender que la revolución misma debe ser feminista o no será. Porque un mundo donde seamos socialmente iguales exige transformar desde la raíz las estructuras económicas y las relaciones de poder que sostienen la opresión de las mujeres y de todos los sectores oprimidos.