Se suele escribir sobre eventos trascendentales del pasado al cumplirse un año, una década, o ciertamente un centenario. Pero desde nuestra perspectiva marxista, mirar al pasado no es un proceso de recolección de una memoria. Es una manera de encontrar claves que nos permitan comprender el presente y nos ayuden a establecer estrategias para adelantar la lucha de la clase trabajadora.
En 1998, se suscitó una de las huelgas más importantes de la historia del movimiento obrero puertorriqueño: La Huelga del Pueblo. Vale la pena recordar que se trató de la lucha del pueblo por evitar la venta de la compañía de teléfonos (PRTC) que además de brindar de manera pública el servicio de telefonía, subvencionaba al gobierno. La amenaza de privatización de la telefónica produjo una gran reacción del pueblo que provocó una huelga de verdaderas proporciones nacionales.
Ahora bien, podríamos describir este proceso enumerando los paros que se realizaron previo a la huelga de los telefónicos, en donde se realizaron marchas que se estimaban en decenas de miles de manifestantes. También podríamos hacer un mapa en donde se marcaran las decenas de lugares en donde había línea de piquete 24/7. Todo ello habla de la intensidad y amplitud de la huelga.
Pero lo que me interesa resaltar es que se trató de una huelga impulsada por los dos sindicatos de la PRTC, pero acogida por el resto del movimiento obrero. Años antes del anuncio formal de la venta, ya se había comenzado a orientar al pueblo sobre la amenaza que la privatización representaba.
Las organizaciones políticas, cívicas y culturales se sumaron a este reclamo de manera militante. Esto provocó que en una asamblea de más de dos mil delegados de distintos sindicatos se aprobara la creación del Comité Amplio de Organizaciones Sindicales, Cívicas, Religiosas y Culturales (CAOS) en donde se abrió un espacio de diálogo y organización entre todos estos sectores. Otra estructura fundamental que se estableció fueron los Consejos Regionales. Se trataba de espacios de organización autónoma regional en la que delegados y trabajadores en general podían asistir a organizar desde la base actividades de militancia, educativas y económicas.
Estas tres estructuras -las asambleas generales de trabajadorxs, el CAOS y el Consejo Regional- fueron cruciales al momento de levantar una infraestructura nacional que pudo convocar un verdadero paro nacional en el que se paralizaron los expresos, puertos, aeropuertos, centros comerciales y todas las agencias de gobierno.
En nuestra coyuntura actual, se percibe el mismo consenso de pueblo: descontento con los partidos en el gobierno; oposición a la privatización del sistema eléctrico; oposición a proyectos como el de Esencia y reclamos de mejores salarios. Todos los días hay razones para protestar, sin embargo, se percibe la dificultad en la capacidad de movilización. Una manera de romper con estas dificultades es promoviendo la organización de la clase obrera de manera horizontal en estructuras como los consejos regionales y las asambleas generales. Producto del Verano del 19, se organizaron varias Asambleas de Pueblo, las cuales de alguna manera emulaban los esfuerzos de los Consejos Regionales.
Si queremos hacer una verdadera Alianza de Pueblo, no debemos quedarnos a la espera de las cúpulas de los partidos PIP y MVC a que se pongan de acuerdo. Debemos construir la alianza desde las bases. Desde ahí no solo se construye el consenso, sino que se instrumentaliza la lucha.
La crisis económica que vivimos no da indicios de culminar. Por el contrario, bajo la dirección de la Junta de Control Fiscal y con el consenso del PNP-PPD, se continúa imponiendo el modelo neoliberal de recortes al servicio público y privatización. Si bien el combate electoral es un instrumento que puede ayudar a detener esta ofensiva, la organización de base y las lucha en la calle son cruciales para acabar con estas políticas y comenzar a definir una propuesta de País desde la perspectiva de la clase trabajadora.