La consigna

Cuento

| Publicado el 22 julio 2020

O al pueblo se le embrutece mediante su propia memoria.

Augusto Roa Bastos

Amaneció con un sol pujando con la neblina. Prendió el radio con la mayor inocencia del mundo, como cualquier día de la vida. La noticia resquebrajó certezas y seguridades. Provocó en el sector estirado, vigilante y reticente comentarios y se agarraron de la consigna. Esta le sonó, como siempre, a refrito con su envoltura tosca, pero era repetidamente eficiente. Por eso no le prestó mayor atención. Hasta tarde. La consigna, manoseada, esculpida y escupida sin tregua ni reparos durante generaciones, buscaba tapar con un dedo el sol de la desvergüenza, ya secular. La consigna, con la ingenuidad de una pregunta sobrepasada de tortuosas intenciones, se removía con la voluptuosidad del engaño. Así era. Era su naturaleza. 

Ahora sentía que cada parte de la consigna lo magullaba. No darle importancia era una forma de desarmarla, pensó. qué. Siguió haciendo lo habitual. Terminar de preparar el desayuno. Desayunar. Ir al baño. Acabar de vestirse. Ahí notó que algo iba tropezando. El picor en el pie le hizo notar la mancha, clara, con bordes rizados. sería. Notó con curiosidad que se hinchaba alrededor de la mancha. De la primera mancha. Aún así intentó ponerse y amarrarse el zapato. Sin mucha convicción ni empeño, más bien para que no se dijera. de la isla. Se miró el otro. No le molestaba ni sentía nada raro, así que todo debía estar bien ahí. Más extraño y curioso. La otra pierna comenzó a abultarse a partir de la rodilla. de nuestra gente. Exactamente donde se había detenido en la otra. Ahora la curiosidad se mezclaba con un poco de repelillo a la cosa. sin la ayuda. De momento notaba que más que hincharse, con la piel estirada y dura, iba inflándose fofamente. Se tocaba y su dedo se hundía y hundía sin que nada lo detuviera. Dejó de maravillarse. protección. Trató de pararse. Nada. Se giró mirando a ver si sabía de su celular. El movimiento y el ruido, maderas rozando, fueron uno. No distinguía entre su panza y la zona pélvica. Su escroto se inflaba y desinflaba con cada jadeo. de Estados Unidos. No recordaba haberse aflojado el pantalón ni quitarse la camisa, pero creyó que solo vestía la medallita heredada por la vía materna. Lo último que vio, sintió, vivió fue una erupción que venía de su pecho que convirtió su cuello en una especie de cilindro y despegó su cabeza.

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