El fuego que la ortodoxia no ve

| Publicado el 5 octubre 2026

por Christian Vélez Pagán

Tengo abierto en la pantalla el artículo ¿Es el marxismo «eurocéntrico»?, firmado por el Parti Communiste Révolutionnaire ICR‑Francia y reproducido en medios de la izquierda argentina, justo sobre la mesa de madera marrón que fabricó el tío Joe, esa mesa vieja con una quemadura de olla en la esquina donde siempre termino leyendo lo que me incomoda. El calor pegajoso de la tarde se me enchapa a la nuca como una segunda camisa que no me puedo quitar —esa humedad de septiembre que aquí no perdona—, mientras el abanico de aspas blancas empuja el mismo aire caliente de un lado a otro sin convencer a nadie de que hace fresco. El café colao se me enfría en la taza de metal gris, esa que tiene una mancha en el borde que ya no sale ni con jabón de fregar, y el olor a humedad se mezcla con el aroma del pan sobao con mantequilla.

En la pantalla, el texto afirma que el materialismo dialéctico sostiene que nuestras ideas reflejan el mundo objetivo y material, y que esto es cierto tanto en Francia como en la India, en Ghana, en Perú y en cualquier otro lugar, como si la realidad fuera idéntica en todas partes y no importara que aquí las paredes sudan humedad hasta que se les cae la pintura. No digo que el escrito ignore que existen otros lugares, porque los nombra uno por uno con la paciencia de un inventario; lo que hace es algo más sutil y más difícil de discutir, porque los reúne a todos bajo una misma ley y da por resuelto lo que apenas comienza. Me pregunto qué se clausura exactamente cuando se pronuncia “cualquier otro lugar” con la soltura de quien no espera que nadie le responda desde el trópico.

El texto cita a Lenin para recordar que el marxismo es el sucesor legítimo de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX —la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés—, y a continuación sentencia que las tres fuentes del marxismo son europeas. Lo que sigue es la frase que importa, la que deja el veneno en la herida: su método y su doctrina científica son universales, o sea, válidos en todos los continentes. Ahí está el meollo del asunto, porque reconocer que las fuentes nacieron en Europa no es lo mismo que aceptar que ese origen no dejó huella en la manera de mirar el mundo, y el escrito pasa de una cosa a la otra sin detenerse, con la seguridad de quien nunca ha tenido que preguntarse por qué su propia mesa tiene la forma que tiene. Pienso en mi tía Iralba, que decía que el arroz con gandules era el plato nacional de aquí y de todo el mundo porque en su cocina no cabía otra posibilidad, y en cómo esa frase se parece a la tranquilidad de quien escribe desde una oficina con aire acondicionado sobre un método que no necesita preguntar dónde está parado.

La universalidad, a veces, es la comodidad de quien nunca ha tenido que mirar más allá de su propia mesa, y la mesa de mi tía Iralba tenía una quemadura en la esquina que nunca se borró, aunque nadie supiera bien de dónde venía. Paso el dedo por el borde del celular y la luz de la pantalla refleja la mancha del café en la yema, parecida a manchas de moho negro y verde que brotan en las paredes de mi casa en el centro de la isla cada vez que llueve y el sereno se mete por las persianas a medio cerrar. El escrito menciona que, hacia el final de su vida, Marx estudió el desarrollo específico de las relaciones de producción en Rusia y contempló la posibilidad de que una revolución llevara a ese país por el camino del socialismo antes de que el capitalismo se desarrollara plenamente allí, y usa ese gesto para probar que no era etapista. Ese uso tiene algo de truco, no porque el texto mienta, sino porque reconocer que Marx dudó del etapismo no basta para dejar sin preguntas la historia material que hizo posible el mundo desde que el marxismo pensó sus primeras categorías.

El texto limpia el edificio sin tocar los cimientos, y lo hace con la misma mano que señala la duda de Marx sobre Rusia, una mano que no tiembla porque nunca ha tenido que sostener el peso de lo que huele cuando uno abre la puerta de una central abandonada en el norte de la isla. La acumulación originaria no fue un concepto que nació en la cabeza de Marx mientras leía informes de fábrica en el British Museum, fue un barco cruzando el Atlántico con bodegas apretadas de cuerpos que olían a sal y a miedo, fue la melaza rancia que se metía en los poros de mis bisabuelos y les dejaba la piel pegajosa de por vida. Eric Williams ya lo había escrito mucho antes de que yo naciera, en un libro que mi profesor de historia del Caribe en la UPR tenía subrayado con lápiz rojo y que olía a encierro de oficina. La idea no necesita la confirmación de ningún libro para oler a verdad cuando el calor de la tarde te pega la camisa al pecho y el tufo del drenaje te recuerda que la plusvalía de este lado del mundo se construyó con azúcar y cadenas, no con telares de Manchester. Los manuales que el ICR imprime con tanta confianza huelen a tinta fresca de imprenta europea, y ese olor limpio es exactamente el problema.

Aquí mismo, a dos calles de donde escribo, el aroma del sofrito se mezcla con el olor de la llovizna cayendo sobre el asfalto recalentado, y me pregunto cómo se lee la plusvalía desde la brega de la mujer que lleva treinta años pelando plátano y yuca en un restaurante de la Ponce de León sin que nadie le haya preguntado jamás en qué etapa del desarrollo de las fuerzas productivas se encuentra su cansancio. El escrito habla de leyes universales, y yo veo a esa mujer mondando plátano con las manos manchadas, y las dos cosas no caben cómodamente en la misma frase sin producir una fricción que el texto prefiere no mirar. Leer la teoría desde esa cocina es entender que la universalidad europea se construyó sobre la espalda de quienes trabajaban en la caña y mondaban guineo, una espalda que los redactores de ese artículo prefieren no tocar.

Hacia el final del texto, la tinta digital se endurece y acusa al marxismo decolonial de ser una “corriente pequeñoburguesa” que refleja la presión ideológica y sus prejuicios. También añade que su programa nunca deja de ser abiertamente reformista porque desconfía de la capacidad de la clase obrera para tomar el poder. Leo la frase en voz alta mientras el arroz se me pega en el fondo de la caldera y el pegao huele a quemado, ese olor a carbón que siempre llega un segundo tarde, cuando ya no hay nada que salvar y la cocina entera apesta a fracaso. La figura que emerge de esas líneas parece pensar en un proletariado con un mameluco azul que entra a las ocho y sale a las cinco, un cuerpo limpio de contradicciones que cabe perfecto en el molde del sindicato que se reúne los martes, sin arrastrar consigo las marcas de la colonia y la raza. Pienso entonces en el tipo que se monta en una pisa y corre desde las seis de la mañana para llegar al taller de Barrio Obrero, y en cómo carga encima una colonialidad que no se le quita con una lectura de El Capital, esa colonialidad que le duele en el hueso cada vez que el patrono le paga menos porque es de allá y le recuerda, sin decirlo, que su lugar en la comunidad no es el mismo que el de otros.

El texto no necesita que le pidan permiso para seguir hablando de la clase obrera como sujeto revolucionario, porque eso ya lo tiene resuelto desde hace un siglo. Lo que sí necesita es que alguien le diga que la herida colonial no es una astilla que se arranca y se olvida, porque el hueso donde esa herida se asienta sigue doliendo mucho después de que la mano que la tocó se haya ido. El sudor de esa mujer que pela plátano en la Ponce de León no se traduce al idioma de sus manuales, y el hambre de los que cargan el peso de la isla no pide permiso para entrar en sus categorías. Integrar la herida del racismo y el despojo territorial en la lucha anticapitalista no es una fuga hacia lo identitario, es la única manera de tocar la carne real de la explotación contemporánea sin traicionar a quienes la sufren en los talleres de la zona industrial de Caguas donde el olor a grasa quemada se mete en la ropa y no sale ni lavándola con amoníaco, o en los campos de café de la montaña donde las manos se ponen curtidas de tanto tocar la tierra. Quien llama reformismo a esa precisión es porque nunca ha tenido que mondar plátano con las manos hinchadas por no descansarlas. Empujo el celular hacia el borde de la mesa de madera marrón y la esquina se mancha con café, como si el gesto de cerrar la pantalla fuera suficiente para interrumpir una discusión que lleva más de un siglo abierta. Leer la plusvalía desde la colonialidad no tiene nada de reformista, aunque el texto lo afirme con una seguridad que deja poco espacio para quien nunca ha tenido que mondar un plátano en una cocina que no aparece en ningún manual. En los barrios y en los talleres la herida colonial sigue formando parte de la jornada laboral, se mete en el sudor y en la saliva de los que cargan el peso de la isla. El redactor del ICR va a seguir imprimiendo manuales mientras las manos se achicharran en el calor de esa cocina, mientras el humo se cuela por las ventanas y no deja ver el horizonte. No va a levantar la vista del papel porque su oficina tiene aire acondicionado y el fuego de aquí no le llega ni al cuello de la camisa. Quien tenga algo que decir, que lo diga, porque esta discusión no se cierra con un artículo ni con una respuesta, y el pegao de la caldera ya se está desprendiendo en pedazos tiznados que saben a tierra quemada.

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