El costo de la vida sube otra vez

Bancarrota colonial nos empobrece

| Publicado el 2 octubre 2026

Así decía aquel merengue de Juan Luis Guerra y 440. Y es que el costo de vivir en Puerto Rico sigue subiendo, mientras se desmantela todo el andamiaje de aquel Estado benefactor que se fue construyendo desde antes de la fundación del ELA. Vivimos en un país donde amplios sectores de las generaciones de la clase trabajadora que ya están en edad de jubilación tuvieron acceso a empleos estables, a la compra de viviendas, al retiro y a educación y salud provistas por el Estado. Estas generaciones se lanzaron a la calle para obtener una parte de las inmensas ganancias que la colonia generaba para las empresas norteamericanas, que se beneficiaban de la mano de obra barata y de los incentivos contributivos. 

Ya llevamos dos décadas en decrecimiento económico. El costo de la vida sigue subiendo y los salarios cada día alcanzan menos. Esto se agrava porque obtener un grado universitario ya no garantiza movilidad social. Los trabajos son cada vez menos estables, y el empleo público no solo se ha reducido, sino que también ha perdido muchos de sus beneficios, como los sistemas de retiro y los buenos planes médicos. 

Según las estadísticas del Departamento del Trabajo, el desempleo ha bajado a niveles nunca vistos. Sin embargo, esa reducción no responde necesariamente a la creación de nuevos empleos, sino al desplazamiento de miles de personas en edad de trabajar fuera del mercado laboral puertorriqueño. Muchas se han marchado del país en busca de oportunidades. La emigración reduce la cantidad de personas contabilizadas dentro de la fuerza laboral, mientras muchos de los empleos disponibles siguen pagando el salario mínimo y ofreciendo pocas expectativas de permanencia. 

La clase trabajadora puertorriqueña de esta década vive marcada por la inestabilidad laboral. Muchas personas tienen dos o tres empleos o combinan el trabajo formal con el chiripeo. Tampoco es raro que adultos jóvenes permanezcan en casa de sus padres porque no pueden comprar ni alquilar una vivienda propia. Esta precariedad hace que cada aumento de un centavo en el litro de gasolina o cada nueva solicitud de LUMA para aumentar la tarifa de la luz nos duela en el alma. Comer en la calle, aunque sea en un fast food, se ha convertido en un lujo que obliga a pensarlo dos veces antes de entrar a la fila. Tener hijxs es, simplemente, un acto de valentía, pues resulta difícil explicar cómo se puede criar ante el alto costo de vida actual. 

Este cuadro es producto de la bancarrota del modelo de la colonia capitalista impuesto por EE. UU. Nos siguen exprimiendo sin dejar las migajas que antes caían y así  establecer un enclave estable para sus negocios. Luego de diez años de la Ley PROMESA y veinte de la terminación de las 936, no existe ninguna propuesta del gobierno para reinventar la economía y revertir esta caída libre. 

Como clase trabajadora, no podemos esperar a que los partidos tradicionales cambien el rumbo. Existen muchas medidas concretas que podemos impulsar aún dentro de la colonia capitalista. Por mencionar solo dos ejemplos, podemos revertir la privatización de servicios esenciales, como la energía eléctrica, para abaratar costos y mejorar el servicio; y podemos organizarnos en sindicatos capaces de reclamar mejores salarios, beneficios y condiciones de empleo. 

Sin embargo, estas medidas serían apenas un parcho que no resolvería el problema medular. Y es que, en Puerto Rico, la economía se organiza para garantizar las ganancias de las empresas yanquis y de los socios menores del patio que viven de la crisis y del tumbe. Por eso, la corrupción es el sello de marca del PNP y del PPD. 

Aspirar a una república socialista nos permitiría, por primera vez, organizarnos para producir en función de nuestras necesidades. Podríamos garantizar condiciones mínimas de trabajo digno e impedir que unos pocos se apropien de las ganancias generadas colectivamente. En momentos en que EE. UU. sufre su más baja reputación por ser un imperio guerrerista, racista y criminal ambiental, es hora de abrir paso a una independencia socialista y verdaderamente democrática que se hermane con nuestro entorno caribeño y latinoamericano y con el resto del mundo. Tendríamos finalmente el poder para generar los intercambios económicos y culturales que nos convengan. Alcanzarla exige comprender que a la clase obrera nos corresponde organizarnos y meter mano.

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