Las recientes elecciones en Estados Unidos y Puerto Rico estuvieron marcadas por una intensa campaña anticomunista. Liderada por Donald Trump y, en la isla, por Jennifer González, esta estrategia, potenciada por influencers, bots y agencias de publicidad, buscó retratar a toda la oposición como una amenaza comunista. Lejos de ser un resurgimiento casual de la retórica de la Guerra Fría, este discurso responde a intereses políticos y económicos concretos, especialmente cuando, al momento, las fuerzas comunistas no tienen posibilidades inmediatas de acceder al poder. Veamos por qué.
Esconder el fracaso económico y la crisis inminente
La política económica de Trump, aunque errática en apariencia, ha beneficiado a su círculo íntimo y a grandes inversores. Desde promover guerras que engordan la industria militar hasta imponer aranceles y manipular los precios del petróleo, sus acciones han servido para que figuras como Elon Musk alcancen fortunas obscenas. El costo social, sin embargo, ha sido devastador: años de inflación han disparado el costo de vida, lo que implica un agotamiento del ahorro familiar y un endeudamiento masivo por medio de préstamos y tarjetas de crédito.
A esto se suman otras crisis latentes. La burbuja de la inteligencia artificial, con una sobreinversión que no muestra ganancias a corto plazo, amenaza con un nuevo colapso financiero. Paralelamente, las guerras en Ucrania e Irán encarecen los productos básicos; una escalada en Oriente Medio podría elevar el barril de petróleo a 200 dólares, llevando el precio de la gasolina en Puerto Rico a unos 2 dólares por litro.
Ante este sombrío panorama, la estrategia es clara: les urge desviar la atención. Comenzaron demonizando a los inmigrantes, luego intensificaron la infinita guerra contra las drogas y ahora le añaden la guerra contra el comunismo.
El miedo como instrumento para recortar derechos
Para implementar políticas de austeridad que castigan a la clase trabajadora, es necesario fortalecer el aparato represivo del Estado. Inyectar fondos en ICE, el ejército y la policía crea las condiciones para violentar derechos civiles, justificando la represión bajo el miedo. La narrativa del «peligro rojo» se suma al arsenal de amenazas: inmigrantes que roban empleos, musulmanes terroristas y comunistas infiltrados en toda oposición.
Esta estrategia ha escalado hasta identificar a movimientos antifascistas y ONGs como «terroristas» o «colaboradores del comunismo». El colmo fue la orden ejecutiva que proclamó la «Semana Contra el Comunismo», perpetuando una persecución histórica que busca desacreditar toda ideología que cuestione las desigualdades del capitalismo.
El socialismo crece entre la juventud y los marginados
Sin embargo, esta campaña de miedo pierde efectividad entre la juventud, tanto en EE. UU. como en Puerto Rico. El capitalismo estadounidense muestra un declive evidente en su capacidad para garantizar derechos básicos como vivienda, educación, salud y una jubilación digna. Para la nueva clase trabajadora, el sistema actual solo ofrece supervivencia y menos oportunidades.
Frente a la quiebra del modelo capitalista y colonial, crece el interés por alternativas como el socialismo, una ideología de la clase obrera que propone la redistribución de la riqueza y el acceso universal a servicios básicos. En condiciones de justicia social, la democracia participativa podría generar una economía al servicio de las mayorías, no de los Musk y los Politank de la vida. Esa es la verdadera razón por la que el miedo al comunismo se agita con tanta insistencia.