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Publicado en 5 de diciembre de 2014 | por BREL1

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La vocación como violencia

Marianela Méndez García

Bandera Roja

Desde los inicios de mi bachillerato, me sentí extraña cuando en los salones de clases preguntaban las razones que nos llevaron a estudiar educación. No soñé con ello desde pequeña, no pensé que era mi “llamado” (sin juzgar a las y los que así lo sientan), y la palabra “vocación” me hacía imaginar una lucecita angular sobre mi rostro contemplativo que nunca viví, una zarza ardiendo o alguna voz robusta mandando a sacrificar mi primogénito. El “sabor” religioso de la palabra hizo que me disgustara desde el principio, aunque no lograba articular muy bien por qué. Sin embargo, ante distintas expresiones del secretario de Educación, he vuelto a preguntarme: ¿qué es eso de la vocación?, ¿qué es eso que según él muchos maestros no tienen?

La vocación implica que esa función es lo que da “sentido” a nuestras vidas. El “sentido” tiene dos vertientes: significado y dirección. Por tanto, ser maestro entonces debe ser lo que otorgue significado, peso y valor a nuestras vidas, es nuestra misión en un plan desconocido y no elaborado por nosotros, que pretende llevarnos a un destino también ignorado. He ahí uno de los primeros problemas: la idea de la vocación nos resta agencia. Somos objetos y no sujetos, recibimos una orden y la acatamos; soltamos todas las riendas sobre nuestra vida y libertad a nombre de “algo” que decidió que fuera así. La idea de la vocación nos presenta la realidad como inalterable y la sumisión como una virtud.

Todo empezó un día que el esencialismo y el paternalismo se fueron al campo…y nos trajeron de vuelta a la maestra- madre, y como toda madre; abnegada, hermosa, sonriente, y sacrificada. El ideal de la maestra y el ideal de la madre son espantosamente parecidos. Sustituya padre por Departamento de Educación en la crónica de casi cualquier madre soltera y la similitud salta a la vista. Ambas son responsabilizadas del desempeño, éxito, u fracaso en todos los ámbitos de cada uno de los “hijos”. Ambas se entienden como responsables de cubrir las necesidades emocionales, afectivas, sociales, intelectuales, y académicas de los vástagos; a costa de su beneficio, salud, y desarrollo personales. Se espera una entrega total, y que esta entrega sea hecha de buen grado, sin reproches ni reclamos. Tiene que dar “la milla extra” cuando el padre no provee, en vez de exigir que éste cumpla. Debe darse toda por cada una de ellos, y su labor está bajo el constante escrutinio de todos, que sin ningún mérito, certificación o estudio formal, se considera “experto” en crianza y educación.

En recientes expresiones, Rafael Román calificaba las renuncias como un “abandono”, muestra irrefutable de que eres una “mala” maestra, sin ningún apego a los menores y que les deja a su suerte, sin tomar el Departamento de Educación alguna responsabilidad por su bienestar.

Este discurso del hombre abusivo cuando dice que “tienes que quedarte por los nenes”, es también el discurso de una sociedad completa que entiende a las mujeres en su totalidad como madres, encargadas del cuidado y la protección. Esta violencia institucionalizada, esta relación abusiva que el Departamento de Educación como patrono sostiene con las trabajadoras se traduce en dependencia, subordinación, y un machismo rampante que ninguna carta circular es capaz de remediar. Nos encontramos ante una violencia estructural, sostenida por el capitalismo y el patriarcado; un puño de acero enguantado con seda que golpea las posibilidades de emancipación femenina y pleno desarrollo humano.

Sin embargo, miles de maestras día a día se levantan para demoler el género y romper con los distintos esquemas sexistas enclavados en las jóvenes mentes; tratan de abrir sus ojos y acercarlos críticamente a la publicidad, remando aún en contra de la marea. Históricamente, fueron un importante motor para la lucha sufragista, y hoy en día son el corazón del debilitado movimiento sindical. Las maestras han sido y son, mujeres que toman la batuta de su liberación, y por eso, me honro en contarme entre estas trabajadoras rebeldes, contradictorias, y humanas.

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